En ese momento, la brisa de enero salió por los fueros del duro verano pehuajense, y a través de la enramada de glicinas en flor, nos hizo recordar, en el sombreado reparo de la galería, que ahi nomás estaba el campo calcinado por el sol del estío, haciéndonos sentir su hálito polvoriento y abrasador.-

Mientras pasaba el mate de mano en mano, la sombra de una sonrisa cruzó el rostro imponente del dueño de casa: mentón firme, cuello grueso, tórax profundo, fuerte la cabeza sobre los hombros fornidos. "En aquellos tiempos -continuó- los mandábamos a Mercedes convictos y confesos. El que más trabajo me dió fue un paisano asesino a quien nadie se atrevía a detener, aunque todos sabían que hacia noche cerca del "Gaucho Pobre", en un rancho abandonado.-

Todos los dias salían los vigilantes y retornaban di- ciendo que no habían hallado al prófugo en dicho lugar. Cansado de tantas vueltas. tuve que organizar personalmente la partida.-

"A no joder vamos", les dije, "esta noche ese hombre viene preso, no es posible que ese canalla se alce contra la autoridad". En lo más profundo de la noche rodeamos el rancho, y cuando empezó a clarear, dí la orden: que se adelantaran por los costados y al fondo.-

Nadie se movía. Mejor dicho, algunos movimientos se escuchaban, pasos, sables, espuelas, desde los árboles donde es- tábamos emboscados; pero nadie aparecía en el claro que rodeaba el refugio del "Turco Azul".-

No insistí, por que es malo ordenar y que no le obe- dezcan; así que para no complicarme en esa cobardía del montón, enderecé callado y ligero como una luz hacia el rancho. Y cuando todos creían que iba a forzar la puerta y ya veían salir al Turco a trabucazos y cuchilladas, me trepé por los costados y subí al techo de paja brava de aquella miserable habitación.-

Separé un poco las pajas, y allí abajo lo ví dormido al gigantesco matrero- Rápido me largué hacia adentro y caí parado con el revólver en la mano, que lo puse despacito con la boca del caño en la sien del paisano. Abrió los ojos muy grandes, se hizo cargo de la situación, y mansito se entregó.-

Cuando salimos, él adelante con los brazos en alto y yo cargándolo de atrás con el 45 gatillado, los vigilantes avanzaron y le apuntaron aparatosamente con los rémington. Nada me dijeron y nada les dije.-

Y volviendo a fijar la mirada serena de sus ojos azules, bravíos, en las flores de la glicina, agregó: "Yo fuí amigo también del comisario "Gorra Colorada". Lo conocí en la batalla de La Verde, era alsinista como yo. En esa ocasión éramos menos, pero nos salvaron los rémington, y además el coronel Arias colocó a la tropa muy bien protegida en el monte de la estancia. Una noche, mientras comíamos un asado a la orilla de la laguna, me contó este vasco Aldaz, que en Navarra durante las "carlistadas", estuvo preso en setenta y dos cárceles. Consiguió escapar y llegar a la Argentina, donde peleó contra López Jordán".-

"Después -continuó el dueño de casa- se hizo famoso en toda la Provincia de Buenos Aires. Lo llamaban "Gorra Colorada", no sé si por la "chapela gorri" de los carlistas, por el distintivo de los conservadores, o porque en aquella época el quepis colorado formaba parte del uniforme de los comisarios".-

Sorbió el mate meditativamente, y continuó: "Limpió todo el sur de la Provincia de vagos y criminales, y una vez él solo atropelló a facón al "Tigre del Quequén, un tal Felipe Pachecho, que debía catorce muertes. Lo desarmó y lo ató".-

"Sí, -concluyó mirando más allá de las glicinas-, fuimos muy amigos con Luis Aldaz. Era un hombre de esos antiguos, muy capaz y, sobre todo, de pocas palabras...".-